
Durante años se instaló la idea de que el precio del petróleo sería cada vez menos determinante para la economía global. La transición energética, la diversificación productiva y la innovación tecnológica parecían desplazarlo de su rol histórico. Sin embargo, la realidad —como tantas veces— se impone con crudeza: el petróleo sigue siendo un activo estratégico y profundamente político.
Las últimas semanas lo han demostrado con claridad. El precio del crudo ha vuelto a superar la barrera de los US$100 por barril, impulsado por la escalada del conflicto en Medio Oriente y las amenazas sobre rutas críticas como el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial.
Este fenómeno no es solo una noticia económica. Es una señal estructural.
La ilusión de estabilidad y el retorno del riesgo
Hasta hace poco, el consenso apuntaba a un escenario relativamente estable para 2026, incluso con proyecciones de precios a la baja producto de un exceso de oferta global. 
Pero la geopolítica volvió a recordarnos una verdad básica: los mercados energéticos no se explican solo por oferta y demanda, sino por poder, conflicto y control territorial.
Un ataque, una amenaza o incluso una declaración política pueden alterar el precio del petróleo en cuestión de horas. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo hoy. La volatilidad no es una anomalía: es la nueva normalidad.
El impacto en Chile: dependencia estructural
Para Chile, el problema es aún más profundo. Somos una economía abierta, altamente dependiente de la importación de combustibles y con una fuerte exposición a shocks externos.
El alza del petróleo se traduce casi automáticamente en:
mayores costos de transporte
presión inflacionaria
encarecimiento de bienes y servicios
impacto directo en el bolsillo de las familias
No es casualidad que los expertos ya anticipen alzas en las bencinas y efectos en la inflación local.
En otras palabras, lo que ocurre a miles de kilómetros —en una zona de conflicto— termina afectando la vida cotidiana en Chile.
Más que energía: una cuestión de estrategia país
Aquí es donde la discusión debe elevarse. El problema no es el precio del petróleo en sí mismo, sino la falta de una estrategia energética robusta y de largo plazo. Chile ha avanzado en energías renovables, sin duda, pero sigue siendo vulnerable en aspectos críticos:
dependencia de importaciones
exposición a shocks geopolíticos
debilidad en seguridad energética
falta de integración estratégica entre energía y desarrollo productivo
Esto no es solo un tema técnico. Es una cuestión de política pública, de visión de Estado y, en definitiva, de liderazgo.
Una advertencia para el futuro
El alza del petróleo no es un episodio aislado. Es un recordatorio de que el mundo que viene será más incierto, más competitivo y más condicionado por factores externos que Chile no controla.
Frente a eso, hay dos caminos: reaccionar o anticiparse.
Reaccionar implica seguir dependiendo de mecanismos de estabilización y ajustes coyunturales.
Anticiparse exige algo mucho más complejo: diseñar un modelo de desarrollo que reduzca vulnerabilidades y fortalezca la autonomía estratégica del país.
Porque en el siglo XXI, la energía no es solo un insumo.
Es poder.
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