
Las intensas e inusuales precipitaciones registradas en distintos sectores de las regiones de Coquimbo y Antofagasta, asociadas al sistema frontal, no solo dejaron consecuencias materiales y dificultades en el desplazamiento, sino que también pueden generar un impacto emocional y psicológico. Las alertas en los teléfonos celulares, las imágenes de calles anegadas, quebradas activadas y viviendas afectadas, sumadas a la preocupación por familiares y cercanos, pueden aumentar la sensación de temor e incertidumbre.
Desde la carrera de Psicología de la Universidad del Alba, especialistas de las sedes Antofagasta y La Serena explican que las consecuencias emocionales no necesariamente aparecen de la misma manera en todas las personas y que es importante diferenciar entre una reacción esperable frente a una emergencia y un cuadro que requiere atención profesional.
Una amenaza poco habitual
Victoria Leiva, directora de la carrera de Psicología de la Universidad del Alba sede Antofagasta, señala que las emergencias asociadas a frentes climáticos y remociones en masa pueden representar una importante carga psicológica para la población.
“En una región desértica donde las lluvias son fenómenos sumamente infrecuentes y el terreno presenta pendientes pronunciadas, la llegada de un frente climático altera de golpe la predictibilidad del entorno. Esta inusual condición intensifica la vivencia de indefensión ante la fuerza de la naturaleza”, explicó.
La respuesta emocional puede activarse incluso a partir de estímulos asociados al episodio meteorológico. “El simple sonido de la lluvia torrencial, la bajada de agua y barro por las quebradas, o el sonido de las alertas oficiales de evacuación activan de forma inmediata respuestas de alerta extrema y estrés psicofisiológico”, detalló Leiva.
A la experiencia directa se suma otro elemento que puede intensificar el malestar: la exposición permanente a contenidos sobre la emergencia. Videos de calles inundadas, registros de quebradas, daños en viviendas y mensajes que circulan constantemente pueden mantener a las personas en un estado de alerta incluso cuando ya no existe un peligro inmediato.
“Transformar la preocupación y el miedo en acciones colectivas organizadas (…) devuelve a las personas su capacidad de agencia y control sobre el entorno”, sostuvo la directora.
Desde La Serena
Desde la sede La Serena, Francisco Marco Valverde, director de la Escuela de Psicología de la Universidad del Alba, indica que es necesario distinguir entre una situación que alteró temporalmente la rutina y una experiencia que puede ser considerada una verdadera catástrofe.
“Para aquellos que vivieron una catástrofe, como por ejemplo, que hayan perdido su hogar o hayan sido inundados, haya habido un deslizamiento, se produce algo en psicología que se llama un trastorno por estrés postraumático”, apuntó.
Agregó que “después de una amenaza el organismo de manera normal va a necesitar un periodo para volver a sentirse seguro y, por tanto, es importante observar la evolución e ir viendo que progresivamente la persona puede ir recuperando su funcionamiento habitual”, indica.
Durante ese proceso pueden aparecer preocupación, irritabilidad, cansancio, dificultades para dormir, problemas de concentración o temor frente a nuevos pronósticos meteorológicos.
Estudiantes pueden verse afectados
Las consecuencias de la emergencia también pueden alcanzar a niños, adolescentes y estudiantes de educación superior. La suspensión de clases, las dificultades para desplazarse y la preocupación por la seguridad de sus familias pueden interferir temporalmente en su concentración, descanso y motivación.
“Esto se asocia en algunos casos con inseguridad al desplazarse o tener un mayor temor de que vuelva a ocurrir una situación similar”, señala.
En el caso de los estudiantes universitarios, estas preocupaciones pueden coexistir con la necesidad de retomar actividades académicas después de varios días de interrupción. “El retorno desde esta perspectiva de rutina debe ser progresivo y acompañado, permitiendo en todos los casos expresar lo que vivieron y evitando exigir inmediatamente el mismo nivel de rendimiento académico que tenían antes de la emergencia”, puntualizó.